dilluns, 29 de desembre del 2008

MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES

Article de l'animalista i artista Xavier Bayle (http://xavibayle.blogspot.com/):

Hace unos semanas coincidí en una comida familiar donde la casi totalidad de los platos servidos estaban compuestos de carne o pescado, huelga aclarar que aquello más que una mesa aparentaba a mis ojos un campo de batalla. Durante el ágape, aprovechando la concurrencia estrepitosa y el jolgorio consanguíneo se expuso a debate el apasionante tema del próximo atracón, bajo la coartada de celebrar el nacimiento de Jesucristo, ocasión que el mundo rico aprovecha a golpe de paga doble para desoír sabiamente las palabras de amor de un profeta, lanzándose a un inmenso e impúdico asesinato masivo de los suculentos seres que compondrán los platillos de gusto de estas fiestas navideñas. No hay nada más desalentador para una activista por la liberación animal que tener que escuchar la penosa jerga dialectal y la repugnante miseria emocional que
supone designar las condenadas, escuchar con qué gracia y golosía todas las asistentes exponen sus flaquezas, sus desvaríos, sus insoportables sorderas a los gritos desesperados del sufrimiento animal, para hacer de
una incalculable vida sintiente, doliente y deseosa de seguir viviendo el simple ingrediente de una desmesurada e inútil ingesta. Huelga aclarar que cualquiera de las tímidas propuestas gastronómicas alternativas hechas sin necesidad de matar fue sistemáticamente ignorada sin vacilar un instante.



Para qué pensar pudiendo deglutir. Para qué pensar con el cacumen pudiéndolo hacer con el aparato digestivo.

Si la charla de marras a la que aludo la llevásemos a estratos morales, éticos o filosóficos, tendría una cierta similitud con lo que en etología social tradicionalmente designaríamos como pocilga o jauría, es decir,
animales despedazando con palabra u obra los órganos vivos y calientes de otros animales no muy distintos a nosotras, las humanas. Pero eso es mucho extrapolar, porque de hecho jamás los cerdos o los perros llegarían ni de lejos a las cotas de maldad criminal, tan terrible como imperceptible, que alcanzan las charlas sobre gastronomía, ni por supuesto los actos posteriores que de ellas dimanan.

Décadas después sigo en el proceso de lograr comprender la doble moral humana, que despelleja o acaricia según el recipiente, según el sujeto que a mano se tenga. Entiendo los mecanismos de la venganza o la desesperación en la sociedad, situaciones extremas en las que podríamos llegar a matar, pero nada más distante de una muerte con argumentos pasionales que la vivisección minuciosa, alevosa y premeditada de las venideras fiestas de Navidad, donde las trinchadoras se convierten en armas de destrucción masiva y la inercia de una masa embistiendo los escaparates con sus exigencias consumistas suple cualquier atisbo de verdadera paz y armonía.

El orígen de estas fiestas, dícen las que entienden.

En otra vida he introducido caracoles en una olla con agua y los he puesto a fuego mínimo, al sentir el calor extremo poco a poco conquistando el medio han emergido todos invariablemente de sus conchas donde aterrorizados se escondían, han trepado por las paredes de la cacerola intentando huir de la temperatura ya insoportable, tenían extendidos todos sus órganos táctiles, y yo les he puesto la tapa de la olla encima para que no escaparan. HE sido cruel para saciar mi paladar, me importaba poco si tenían tales o cuales propiedades alimenticias, buscaba su sabor, como todas las carnívoras ( y miente quien aluda cualquier otro razonamiento).
Miles de animales HE matado con mis propias manos, si existe un infierno iré allí. Pero HE dejado de hacerlo y, sintiéndolo, conociendo el tema en mis carnes, he decidido no matar. Lo hacía porque me enseñaron a ello,
pese a toda la fuerza de voluntad que una pueda poner en hacer el bien nos engañaron, nos estafaron la juventud, la familia, las amigas, nos dijeron que eso estaba bien porque así les educaron, y en definitiva porque SÓLO eran caracoles, peces, cangrejos... nada: recursos, ingredientes. Ya no me es posible de ningún modo aceptar que pueda ser bueno un valor educativo que contemple cocer a fuego lentísimo sensibles animales que chillaron mudos una agonía indescriptible, y que lucharon hasta el último segundo por acabar con ella, porque entonces cada animal torturado es un héroe y cada ser humano carnívoro, una asesina.

Pero qué pasa, por qué los cambios. ¿Acaso yo soy más inteligente?, ¿más sensible?, ¿por qué no lo hago ahora y entonces sí lo pude hacer?.

Supongo que cuando una se sume en un letargo soporífero postdigestivo tan denso insufrible e insano como el del carnivorismo, el cómo llegó el alimento al plato deja de pesar e importar. Pero si pensamos para jugar,
para trabajar, para establecer relaciones, para amar, para crear, si pensamos para todo ello, ¿por qué no pensamos para comer?.

No se me va a olvidar apuntar que si todos los componentes de la familia que se lanzaban a escoger sus predilecciones gustativas en oposición con el derecho y deber de vivir de los animales tuvieran que matar con sus
propias manos la ternera asustada de mirada dulcísima propuesta para el menú, el bacalao huidizo, o tuvieran caso que trepanarle el hígado caliente todavía del animal trémulo y expirante, mi familia en pleno se
plantearía muy seriamente el vegetarianismo o el veganismo. Pero sucede que siempre hay mercenarias que se encargan de esas labores, mentes sucias de manos sucias y distancia moral al servicio del dinero.

El dinero, que come sociedad y caga personas. Y viceversa.

Mi familia y yo, advierto, hemos dejado de coincidir en ciertos códigos cifrados de caracterizan toda relación parental, las discusiones se multiplican con el transcurso de los años, y el metalenguaje de la afinidad que el trato cercano otorga a las componentes de una determinada tribu se diluyen y analfabetizan por innumerables caminos, por un amasijo de impotencias que entablan eternos combates con la pereza y el hedonismo.
Entonces una se siente como en aquellas familias de la Guerra Civil Española, divididas entre ideologías republicanas y nacionales, y que se mataban en distintas posiciones de distintas barricadas, con la salvedad
de que aquí no nos disparamos entre nosotras, aquí hay inocentes que revientan para que algunas celebren. Y la carnicería final, creedme, es la misma.

Eso de la dieta basada en deforestación, calentamiento global, destrucción de microeconomías campesinas, explosiones cardíacas a cuenta de la contribuyente, cánceres, impiedad, egocentrismo, infantilismo y otras
lacras, es decir, eso de la dieta carnívora, hace muchas décadas que ha pasado de ser una opción individual, una mera resolución íntima e incluso espiritual, porque los efectos que está consiguiendo lo que llamamos
cadena alimentaria nos está matando, incluso a las que ya no expoliamos animales. Esto del carnivorismo compulso es una enfermedad sociológica que no va a tener un estudio imparcial e independiente dado que la mayoría de sociólogas, psicoterapeutas, analíticas de las adicciones, oradoras y legisladoras son eminentemente carnívoras ( llamarlo omnivorismo es un insulto a la inteligencia ); lo cual se suma la inercia social, la cual
funciona como la del culto a dios en muchas sociedades, el del dinero en casi todas o la devoción a la svástica invertida que las nazis profesaban, algo tan severo como natural.

La gente no sabe vivir, es feliz en términos microscópicos, con la calderilla que supone un día sin el horror ni las claudicaciones cotidianas. Pero el horror está ahí aunque no se aperciba a simple vista, de modo que esa aceptación de la mediocridad implícita como modo de éxito forma la parte más esencial del horror. La gente es un ser humano común, construido a base de pequeños -y grandes- horrores y mediocridades, hijo de ellas. Así la gente se convierte en seres humanos frustrados. Un ser humano frustrado a diferentes gradaciones se alcoholiza, se atraganta de carne, asesina a un gato, troncha un árbol, a una persona o a una raza designada, entonces el recipiente vulnerado y el acto de la vulneración se convierten solamente en un efecto, no en una causa. El problema de la frustración persiste, y ahí hay que debatir, en el no tener ni idea de vivir, de cómo educar que tiene la sociedad y la gran mayoría de las educadoras.

El factor diferencial del ser humano, en oposición al del resto de las faunas que habitamos el planeta, es que tiene elección, puede decidir qué comer. Y cuando no puede decidir qué comer porque su nivel adquisitivo es
nulo y depende de limosnas entonces el consumo de carne sigue siendo -doblemente-, un lujo idiota.

Los animales no humanos en cambio no tienen elección, se mueren de ser matados, en sillas de xperimentación, en coliseos abarrotados de "óles", en los tornos donde serán despellejados vivos, en minúsculas jaulas de
poneduría de huevos, y acabarán sin elección en enormes tolvas trituradoras, en bolsas negras camino a la incineradora, en máquinas transformadoras de materia viva en piensos de engorde, en vitrinas con un precio hincado, en ollas, cacerolas, sartenes y hornos para santificar las fiestas en honor a un dios lejano, muy lejano, demasiado lejano para ser cierto.


Amar es liberar, la liberación animal incluye la nuestra.
Xavier Bayle

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